Cofradía de la Soledad (Cáceres)

Cofradía de la Soledad Cáceres

Cofradía de la Soledad Cáceres

Ilustre y Real Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y Santo Entierro

 

Fundación: 1.470

Cristo Yacente
Fotografía: Semana Santa Cáceres

Anónimo (s. XVI)

Cofradía de la Soledad Cáceres

Stma. Virgen de la Soledad
Fotografía: Semana Santa Cáceres

Anónimo (s. XVI) 

Pasos: Cinco
Día de Salida
  • Viernes Santo
  • Domingo de Resurrección
Hábito:      Viernes Santo:

Túnica negra, capirote negro con fajín en la cintura negro

 

Domingo de Resurrección

Túnica Blanca con fajín en la cintura blanco

La Cruz del Descendimiento

Cristo Resucitado
Fotografía: Alberto Mateos

Taller Hijos de José Ríus (1930)

Stma. Virgen de la Soledad
Fotografía: Alberto Mateos

Taller Hijos de José Ríus (1930) 

Sede Canónica Ermita de la Soledad

Cofradía de la Soledad
Fotografía: Semana Santa Cáceres (color)

Cofradía de la Soledad Cáceres

 

Breve Reseña

Posiblemente ya en aquellos primeros años existía la piadosa costumbre de subir hasta el lugar donde se encuentra la ermita del Calvario para escuchar sendos sermones el Domingo de Pasión y el Viernes Santo.

No obstante, la documentación histórica con la que contamos no nos permite precisar mucho más acerca de la historia de la cofradía. Con posterioridad al 28 de noviembre de 1582, fecha en que el obispo de la diócesis, don Pedro García de Galarza, se erige en fundador y patrono de la Santa Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad del Monte Calvario, a la que además une los bienes y los fieles de otras tantas cofradías que por entonces se encontraban en un estado de evidente ruina, como fueron las de San Antón, Santa Marina, Santa María la Vieja… y, por su importancia, la de Santa María de los Caballeros, cofradía que había sido fundada en 1470 y cuya sede no era otra que la iglesia de su mismo nombre, es decir, la que hoy conocemos como ermita de la Soledad.

Con motivo de esta «reunificación», el obispo otorga a la flamante cofradía unas ordenanzas (que actualmente se conservan en el Archivo Diocesano), a la vez que nombra a la primera junta rectora de esta hermandad, «porque la muchedumbre trae confusión». El puesto de mayordomo recayó entonces en Hernando Cambero Valverde, cuyo hijo Diego sería años más tarde teniente de corregidor y alcalde mayor de la villa de Cáceres.

En las mismas ordenanzas se establecía cómo se habían de celebrar las tres procesiones con las que contaba la cofradía durante la Cuaresma y la Semana Santa. La primera tenía lugar el Domingo de Pasión, también conocido como Domingo de Lázaro, es decir, una semana antes del Domingo de Ramos. Los cofrades salían a las doce de la mañana de la ermita llevando en andas la imagen Nra. Sra. de la Soledad, y se llegaba hasta la otra ermita con que contaba la cofradía, la del Calvario, en el camino que va a la Montaña, donde se predicaba un sermón por un fraile del monasterio de San Francisco. Después de celebraba una concurrida romería en el transcurso de la cual se consumían las conocidas tortas del Calvario, unos ricos bollos de pan amasado con huevo, aceite, anís y azúcar.

El Viernes Santo, también después de mediodía, se formaba en Santa María otra procesión que subía hasta el Calvario, donde de nuevo se predicaba un sermón por el mismo padre franciscano. Concluido éste, se traía la imagen de la Soledad cubierta de luto hasta la iglesia de Santa María.

Aunque no constase en las ordenanzas originales, desde muy pronto también tuvo que desarrollarse durante este Viernes de Pasión la llamada ceremonia del Descendimiento. Previamente, por la mañana, se subía la imagen articulada de Cristo hasta el Calvario, donde era clavada en una cruz junto a unos monigotes que representaban a los dos ladrones, en el escarpado picacho que circunda la ermita. Al compás que el fraile predicaba el conocido como Sermón de las Siete Palabras, la imagen del Crucificado era desclavado por otros dos sacerdotes que lo introducían en una urna dispuesta sobre la gran mesa de piedra que todavía hoy se conserva frente a la ermita. De este modo, acompañado por la Virgen vestida de luto, ambas imágenes bajaban hasta el casco urbano.

Nuestra Señora permanecía en Santa María hasta la mañana del Domingo de Resurrección, cuando, tras la predicación de un fraile, esta vez de la orden dominica, se trasladaba la imagen procesionalmente hasta su ermita. Desde 1609 la imagen de la Virgen iba a acompañada de otra de Jesús Resucitado, una obra excepcional del escultor Tomás de la Huerta (el mismo autor de otra efigie tan querida por los cacereños como la del Nazareno). Desgraciadamente, en 1930 la cofradía se deshizo de ella para sustituirla por el Cristo de escayola que hoy día procesiona.

Aparte de éstas, hubo un momento en que se celebraba incluso una cuarta y muy curiosa procesión. Ésta tenía lugar el Viernes Santo por la noche y en ella sólo participaban mujeres, sacándose de nuevo y en absoluto silencio la imagen de la Virgen en procesión por las calles del casco antiguo. Sin embargo, en 1730 un edicto del obispo acabó por prohibir ésta y otras procesiones similares «por los muchos desmanes que se solían cometer». Tan piadosa tradición no se volvió a retomar al menos hasta 1863, y continuó celebrándose hasta que de nuevo se interrumpió en los años previos a la guerra civil.

A finales XVIII surgen los primeros litigios con la Administración, cada vez más dispuesta a gravar los bienes de las cofradías y otras instituciones religiosas de carácter piadoso y asistencial. Se estaban dando los primeros pasos que conducirían al proceso desamortizador, el cual, como es de sobra conocido, trajo consigo fatales consecuencias para el patrimonio y el futuro de muchas cofradías cacereñas. La de la Soledad se vio privada de las rentas que le reportaban el arrendamiento de más de una docena de inmuebles urbanos y de unas viñas que poseía en Montánchez. Esta «crisis económica» repercutió negativamente en el número de hermanos, que de llegar a alcanzar el millar a principios del siglo XVIII se vio reducido a menos de la mitad al final de la misma centuria. Como reflejo de estas nuevas circunstancias y, sobre todo, por la presión ejercida por las cada vez más difíciles relaciones con la autoridad episcopal, el 9 de marzo de 1808 se aprobaban unas nuevas ordenanzas que habrían de regir la organización, el funcionamiento y la gestión de la hermandad durante los años siguientes. En ellas se manifestaba que la cofradía de la Soledad había sido fundaba por la nobleza de la villa, algo que ni por asomo era cierto, pero que servía de argumento para legitimar el peso que esta clase social había ido adquiriendo dentro de los órganos directivos en detrimento de las más populares

En 1867 se creó un grupo de dieciocho alabarderos vestidos a la romana. La función de estos «soldados» era la de montar guardia en la ermita desde el Jueves Santo hasta el Viernes por la noche, y durante todo el día no podían alejarse más de diez pasos de allí, de manera que para comer y descansar disponían de turnos y de una habitación en la propia ermita, dentro de la especie de cripta que todavía hoy se conserva. Durante la procesión del Santo Entierro todos ellos escoltaban a la imagen del Cristo Yacente por las calles de la ciudad. Poco a poco, la fama de estos alabarderos fue decayendo, ya que en no pocas ocasiones dieron lugar al escándalo por sus mofas y peleas durante el transcurso de la procesión.

De acuerdo con las nuevas disposiciones del Derecho Canónico, la Cofradía de la Soledad tuvo que reformar de nuevo sus ordenanzas 1878. Según estos nuevos estatutos, la directiva quedaría formada por el párroco de San Mateo, el abad del cabildo eclesiástico, tres diputados, de los que el primero sería mayordomo, tres supernumerarios que ejerciesen en ausencia o enfermedad de los anteriores, un secretario, cuatro oficiales del estado general, un portero y un muñidor.

Después de un siglo XIX que podemos considerar de decadencia en todo lo que respecta a la Semana Santa Cacereña en general, la cofradía conoce un especial auge en los primeros años del siguiente. Es entonces cuando se incorporan a sus desfiles los hermanos de escolta, vestidos con un capuchón y lujosas túnicas negras de cola. Esta innovación fue propulsada por don José Elías Prast, administrador de los Condes de Torres Arias y Marqueses de Santa Marta (en cuya rama femenina venía recayendo el cargo de camarera de Nra. Sra. de la Soledad). Este caballero, natural de Écija, sintiendo añoranza de la brillantez de los desfiles procesionales de su tierra, impulsó desde la alcaldía de la ciudad (1906-1908) un resurgir de nuestra Semana Santa.
Fuente del texto: Web de la Cofradía.

Cofradía de la Soledad Cáceres

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