El cortejo procesional

El cortejo procesional en la Semana Santa de Segovia.*

(*) Artículo de colaboración con tabernacofrade de Daniel cuesta Gómez, publicado en el Adelantado de Segovia en Abril de 2015.

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La Semana Santa de Segovia cuenta con sus peculiaridades fruto de su larga historia y de su idiosincrasia particular. Una de ellas es sin duda el cortejo procesional que siguiendo unos cánones no escritos, conforman todas sus cofradías, hermandades y feligresías cuando salen a las calles. Esta planta procesional es herencia de siglos, y tiene singularidades que no se ven más que en la ciudad de Segovia.

La más grande y propia de estas peculiaridades es el hecho de que en Segovia, el cortejo está claramente definido en tres tramos: El primero de ellos es el dedicado a los capuchones que tradicionalmente era exclusivamente masculino y con el paso de los años (gracias a Dios) ha podido ser ocupado también por las mujeres. Tras estas filas de cofrades, vienen los pasos, que en la mayoría de las ciudades y pueblos de España ponen punto final a las procesiones. Sin embargo, en Segovia todavía quedan dos tramos más. El primero de ellos es el dedicado a las mujeres que, enlutadas y ataviadas con la mantilla y la peineta española, también acompañan a las imágenes de su devoción. Y el último de ellos es el de los penitentes, que cierran la procesión cumpliendo una promesa que en la mayoría de los casos solo Dios y ellos conocen.

 

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Penitentes en la Semana Santa de Segovia

Pero aparte de esta configuración tan propia y tan nuestra (como es la de los tres tramos de la procesión de Semana Santa segoviana) existen otra serie de elementos que en muchos casos pasan desapercibidos, pero que por su simbología e importancia merece la pena conocer. Por eso, a continuación trataré de hacer un recorrido por ellos y explicarlos ajustándome a la brevedad que exigen este tipo de artículos:

El primer elemento que asoma por la puerta de nuestras parroquias al salir la procesión es la Cruz Guía. Es lógico que así sea, puesto que la Cruz es la insignia de los cristianos. Y ella indica que los que van detrás de ella, lo hacen en nombre de Jesucristo, muerto y resucitado y no en nombre de folclores, oficinas de turismo u otras realidades. La Cruz así, encabezando la procesión nos recuerda sin hablar aquellas palabras de Jesús: Quien quiera venir conmigo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Quizá por ello, las gentes que esperan a la procesión en las acera hacen silencio al ver llegar a la Cruz, aunque en muchos casos no sepan muy bien el porqué de su acción.

A la Cruz siempre la escoltan dos faroles con cirios encendidos. Éstos encabezan a los cofrades que con velas, faroles o antorchas conforman las dos filas de la procesión. Estos “hermanos de luz” tenían la misión de alumbrar la procesión en la negrura de la noche cuando no existía el alumbrado público. Pero más allá de esta visión práctica, los hermanos de luz son los encargados de delimitar el cuerpo de la procesión. Con sus velas encendidas remarcan que la calle, ya no es calle, sino templo por el que avanzan los cristianos acompañando a Cristo y a su Madre en los momentos más trágicos y duros de sus vidas. Precisamente por este significado más espiritual, me gusta el hecho de que cada vez son más las cofradías que han abandonado los artificiales faroles con pilas, para volver a alumbrar con la luz mística de los pábilos vacilantes, alegoría de nuestra fe.

 

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Pero si bien es verdad que la fe es universal (como bien representaba la Cruz, símbolo de todos los cristianos), no es menos cierto que necesitamos hacerla particular y encarnarla en nuestra realidad concreta. Por ello nunca faltan entre los tramos de cirios los símbolos que identifican a cada una de las cofradías. Como en Segovia la mayoría de ellas están asociadas a una parroquia, muchas portan entre los cirios de los capuchones la cruz parroquial. Algunas de ellas son de gran antigüedad y valor, sobresaliendo entre todas las de las parroquias de San Andrés y el Salvador. Y así como la fe es parroquial, la cofradía se encarna en una sede canónica, sea parroquia, templo o colegio. Por ello no falta en ningún caso el estandarte en el que, por medio del escudo o de una imagen, se pueda identificar a la cofradía que lo porta (cuyo nombre suele ir bordado en el vuelto del mismo).

 

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Visto este tramo inicial, pasamos a una de las partes más sugestivas de las procesiones. Me estoy refiriendo a la banda, que con su paso solemne y sus acordes tristes, dota de ritmo y melodía al cortejo procesional. Y si en la mayoría de las ciudades de España, el lugar de las bandas es tras los pasos, en Segovia de nuevo por una peculiaridad (esta vez de orden práctico), la banda se coloca más bien al principio del desfilecon el objetivo de marcar el ritmo de la procesión. Este hecho solo se rompe en las cofradías que portan sus pasos a hombros. En ellas la banda se coloca tras el paso, para ayudar a sus porteadores en la ardua tarea de ser los pies de las imágenes. Lo cierto es que, sea al inicio del desfile o tras el paso, toda banda tiene un doble cometido: ofrecer su música al Señor y ayudar a cofrades y fieles a orar por medio de los sentidos.

 

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Siguen avanzando los capuchones con sus faroles y velas encendidas y llegamos al tramo más importante de la procesión: el cortejo del paso. En Segovia la mayoría de las cofradías pregonan su llegada por medio de un estandarte en el que se puede reconocer la efigie que está a punto de llegar. No se trata de una repetición o redundancia, sino del anuncio de que estamos llegando al centro del cortejo, que no son los capuchones, ni la música, sino la Pasión de Cristo. Y esta Pasión de la que el paso recoge un instante, se recuerda entera por medio de las “Arma Christie” o atributos de la Pasión, que portan los cofrades más jóvenes en bandejas o cojines de terciopelo.

Así, con una solemnidad que encoge los corazones, llega el paso. En algunos casos, con evidente acierto precede a la carroza un cofrade o unos acólitos portando el incensario. Este humo perfumado que sale de los carbones encendidos y que envuelve a las imágenes en un halo de misticismo, tiene la función de recordarnos que aunque abandonado, humillado, azotado, herido, crucificado y llagado, quien va en lo alto del paso es el Hijo de Dios. Alguien que entiende bien el sufrimiento humano porque ha pasado por todos ellos. Pero a la vez alguien totalmente divino, porque los ha vencido a todos (como nosotros haremos un día con su ayuda).

Y la sabiduría popular de las gentes de Segovia no ha querido dejar a los pasos solos. ¡Bastante abandonados de todos se sintieron Jesús y María en aquellas amargas horas de la Pasión! Por eso, alrededor de los pasos se coloca tanto un grupo de escoltas, como la presidencia del cortejo. No quiere decir que los escoltas (sean capuchones portando luz como un colectivo vinculado con la hermandad) y la presidencia sean más importantes que el resto, o que ocupen un lugar de privilegio respecto de los demás cofrades. Más bien ellos, arropando y envolviendo al paso de una manera más visible representan a todos los miembros de la cofradía, con la misma dignidad y fe con la que lo hacen el primer niño con su farol y el último de los penitentes con su cruz.

 

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Por último, como ya dije, en Segovia la procesión no acaba con la presidencia, sino que continúa un poco más. Tras ella van las mujeres, a las que antiguamente no se permitía vestir el hábito de la cofradía, pero que al igual que en la Pasión, nunca quisieron dejar a Cristo solo. Por ello se vistieron con sus ropas de luto, se colocaron la mantilla y la peineta en la cabeza y un rosario entre los dedos. Y se colocaron en filas de tres (junto a su madre, su hermana o su hija) para acompañar al Señor igual que lo hacían los hombres de la familia unos metros antes.

Tras ellas, cerrando el desfile van los penitentes, arrastrando pesadas cruces, con los pies descalzos o con los brazos extendidos en forma de cruz. Son los penitentes un grupo de cofrades al que todos los segovianos hemos mirado con admiración cuando éramos niños y con respeto, compasión y a veces incomprensión al hacernos mayores. Pero lo cierto es que ahí van, cargando su cruz detrás de Él, que la cargó primero.

Este es, así a grandes pinceladas, el cortejo procesional de la Semana Santa de Segovia. El nuestro, el que hemos ido tejiendo a lo largo de los siglos. Pero se trata de una realidad viva, que podemos seguir construyendo y mejorando, sin perder nuestra esencia. Es el cortejo que vieron nuestros mayores y es el que verán los niños este año desde que salga a la calle la Cruz de Guía de los Maristas el Viernes de Dolores, hasta que entre en la Catedral el último cofrade en la mañana del Domingo de Resurrección.

 

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