La Soledad al pie de la Cruz

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Hay momentos que al haberse vivido desde niño son muy difíciles de olvidar pues han quedado grabados muy dentro. Para mí uno de ellos es la Soledad al Pie de la Cruz en procesión cada Viernes Santo. Lo he vivido con intensidad muchas veces y esto hace que aunque el “deja todo y sígueme” de mi vida implique estar lejos durante la Semana Santa, siempre hay una parte de mí que me recuerda que la Soledad está saliendo de San Millán e iniciando su marcha hacia la Catedral.

Recuerdo que mis abuelos solían llevarme a verla desde pequeño. Nunca olvidaré las palabras de uno de mis primos con cuatro o cinco años que al verla pasar dijo “no llores Virgen, que tu Hijo se va a poner bueno”. Y es que algo tiene esta imagen que hace que ante ella broten muchos sentimientos, ya que son muchos los que mientras miran su rostro o sus manos mueven los labios y sueltan alguna lágrima.

Los estudiosos tienen razón cuando afirman que la imagen es técnicamente magnífica y una obra de arte espléndidamente conseguida. Pero a mi modo de ver, no es eso lo que la hace tan especial, sino el modo en el que plasma el dolor de María en un estilo segoviano con una cercanía que a todos nos interpela.

Muchas veces me he preguntado cual sería el momento de la Pasión que Aniceto Marinas quiso representar con esta imagen. Fue en unos Ejercicios Espirituales donde vi claro que la Soledad es el instante posterior a la Piedad. Hace solo un momento que María acaba de ver morir a su hijo en una cruz, se lo acaban de quitar de su regazo, donde ha podido besarlo y así sentir el frío de su cuerpo, y ahora tienen que enterrarlo deprisa, ya que la hora apremia.

La Virgen necesita reponerse después de este momento tan intenso. Se levanta del suelo pero la emoción y el abatimiento hacen que no se tenga en pie y por eso necesite apoyarse en la cruz. Mientras tanto, José de Arimatea, Nicodemo y Juan están levantando el cuerpo de Jesús para llevarlo al sepulcro. Ella mira hacia el cuerpo de su hijo y extiende los brazos como queriendo volver a abrazarlo pero sabiendo que ya no es posible. En su rostro aparece una expresión de dolor intenso, sin gritos ni aspavientos pero dejando caer una sola lágrima, la primera de todas las que le acompañarán en esa noche.

Pero hay un detalle de esta imagen, que en un momento tan triste y tan dramático solemos pasar por alto. Nos fijamos en la tristeza de su rostro, en sus manos que se paran sabiendo que ya no pueden abrazar a Jesús y no prestamos atención a sus pies. Al mirarlos vemos que el derecho está echado hacia delante y el izquierdo da la impresión de que va a echarse a andar de un momento a otro. María, la Virgen de la Soledad, no va a dejar que el dolor, por muy intenso que sea, la paralice, sino que va a seguir avanzando. Va a seguir luchando como luchó para sacar a su hijo adelante al quedarse viuda y le va a acompañar hasta el sepulcro.

Ella es la única que mantiene una esperanza en esta situación, pues le ha seguido desde el principio, ha creído en Él y sabe que el crujir de una losa con el que se cierran tantas vidas humanas, no va a ser definitivo en Jesús. No sabe como, y el dolor le rompe por dentro, pero una mañana soleada un ángel le dijo que su hijo sería grande y esto no puede terminar en esta tarde gris. La Soledad al pie de la Cruz es la mejor compañera para esperar que llegue la mañana de la Resurrección, cuando todos los dolores que no entendemos en esta vida, cobran sentido desde esa luz tan intensa.

Por esta razón, este pie que echa a andar detrás de Jesús cuando todo parece inútil, es el que hace que tanta gente, aún sin saber muy bien por qué, camine a los lados y detrás de la Soledad en su marcha hacia la Catedral. Algunos van solo por verla a ella, pero sin saberlo, al acompañarla siguen también a Jesús, el Cristo de la Última Palabra que camina un poco más adelante. Otros la miran mientras van con ella como queriendo decirle que a veces no entienden a Jesús, pero que su dolor de Madre les es muy cercano y les ayuda a soportar las dificultades que encuentran en la vida.

Así, poco a poco, detrás de su Hijo Jesús, camina la Soledad al Pie de la Cruz cada mañana del Viernes Santo. Pero su caminar no es solo ese, que termina cuando vuelve de nuevo a su ábside de la iglesia de San Millán, sino que acompaña a lo largo de toda la vida a tanta gente que la mira con los ojos de la fe. Y de este modo les transmite esperanza y cercanía en los malos momentos mientras que muestra el camino hacia Jesús, que habiendo pasado por todos los dolores de una vida humana, nos acompaña y da sentido a todo desde su vida resucitada. *

(*) Artículo de colaboración de Daniel Cuesta Gómez, que fué publicado en el Adelantado de Segovia en la Semana Santa de 2009.

 

Soledad al Pie de la cruz

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