Y así viéndole tal

Oración ignaciana ante el Cristo Yacente de la Catedral de Segovia.

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Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y no hay más que mirar al Cristo Yacente de la Catedral de Segovia, para darse cuenta de que un solo golpe de vista de esta talla despierta más sentimientos y emociones que folios y folios de precisas descripciones.

San Ignacio de Loyola conocía bien la fuerza de las imágenes, el efecto que pueden provocar en nuestra sensibilidad y en el conjunto de nuestra vida. Por ello, buena parte de los Ejercicios Espirituales, que según sus propias palabras son “son todo  lo mejor que yo puedo en esta vida pensar, sentir y entender, para que el hombre se pueda aprovechar a sí mismo y para poder fructificar, y ayudar a otros muchos, se basan en imaginar contemplando “como si presente me hallare”, escenas y momentos de la vida de Jesús de Nazaret.

 En un momento de estos Ejercicios, al concluir la “primera semana” San Ignacio nos propone hacer un “coloquio de misericordia” ante Cristo Crucificado: “Imaginando a Cristo nuestro Señor, delante y puesto en cruz, hacer un coloquio, cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto mirando a mí mismo lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo, y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por donde se ofreciere”.

Han sido muchas las veces que he aplicado este coloquio a la imagen de Cristo Yacente, bien por medio de mi imaginación o en su capilla de la Catedral de Segovia.

San Ignacio nos hace considerar como el Creador se ha hecho hombre, y como de vida eterna ha pasado a la muerte. En la imagen de Jesús Yacente tenemos claramente a un hombre muerto, alguien a quien le han arrancado la vida en el momento de su plenitud. En el fondo es la imagen de un fracasado, alguien que ha muerto sin haber hecho nada merecedor de tal suplicio, castigado como un criminal, despreciado, olvidado y solo. Es realmente difícil ver en él al Salvador, y creer que es el Hijo de Dios.

Es impresionante mirar su rostro, más allá de la perfección artística que encierra. La boca entreabierta ya no exhala su aliento, no puede pronunciar una sola palabra y sin embargo parece que quiere decirle algo a todo aquel que la mire con detenimiento. Sus ojos entornados dejan ver una mirada perdida; en ella reina la muerte, pero no la desesperación. Toda su faz, desde su quietud, muerte y abandono, habla a nuestro corazón sin pronunciar palabra.

Hay una correspondencia natural entre este momento del coloquio y los versos que se encuentran situados al lado de la imagen: “Tú que pasas por aquí, mira y contempla mis llagas…”, a lo que el fiel responde “Mi pecado os puso así, llagado y muerto mi Dios…”

Llegados a este punto es muy difícil mantener la mirada al Señor, y por ello tendemos a bajar los ojos mirando al suelo. Sólo después de un rato, tímidamente nos atrevemos a contemplar su cuerpo herido. Para mí, este momento se corresponde con parte del coloquio de misericordia que sirve de composición de lugar “así, viéndole tal”.

Porque la imagen de Cristo Yacente no se queda sólo en la contemplación de un muerto, de otro cadáver más de los que aparecen a diario en las noticias y nos estremece e impresiona ante el dolor físico. Sino que cala más dentro, pues nos devuelve con la mirada una pregunta que se clava en el corazón de quien contempla la escena.

Ésta es la segunda parte del coloquio, quizá más difícil que la primera, pues el que observa siente como aquello que está contemplando es mucho más que una imagen, es un diálogo en el que ahora tiene el turno de palabra. Es el momento en el que contemplando hay que mirar dentro de uno mismo y hacerse las tres preguntas ignacianas: “¿Qué he hecho por Cristo?”, “¿Qué hago por Cristo?” y “¿Qué puedo hacer por Cristo?”.

Tres preguntas muy difíciles de responder cuando los sentimientos están a flor de piel. Tres preguntas ante las que la mayoría de las veces sólo queda el silencio.

En este momento los ojos se van casi sin quererlo hacia sus manos. Éstas también nos hablan de lo que ha sido su vida, unas manos rotas y agujereadas porque se han dado del todo, hasta el punto de deshacerse y romperse. Aquí es cuando el que contempla mira a sus propias manos y vuelve después a mirar a las del Señor mientras en la cabeza, y sobre todo en el corazón, resuenan las preguntas “¿Qué he hecho por Cristo?”, “¿Qué hago por Cristo?”

A estas alturas, las emociones y sentimientos se han disparado, y sólo se puede seguir el coloquio “discurriendo por donde se ofreciere”. Entonces podemos mirar a su costado abierto, en el que el arte ha hecho que veamos con claridad como brota la sangre mezclada con gotas de agua. Sólo viendo así a Jesús, roto y con el corazón abierto por el amor, se puede responder a la tercera pregunta: “¿Qué puedo hacer por Cristo?”. Aunque a veces en vez de propósitos imposibles de cumplir, la mejor respuesta del amor agradecido es el silencio comprometido. *

(*) Artículo de colaboración de Daniel Cuesta Gómez para tabernacofrade, extraído del Anuario de la Ilustre Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias. Año 2011

 

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